Estás trabajando, en tu despacho. El ordenador lo tienes, como siempre, funcionando a tope. Tienes varias pestañas abiertas en un navegador, incluído tu correo personal a ratos, para mirar rápidamente si lo que te llegó es importante o no, mientras trabajas en una aplicación online. El Outlook está minimizado y recibiendo las discretas notificaciones de correo recibido.

Tienes también varios documentos abiertos a la vez: un par de words, de los cuales estás cogiendo información para la aplicación online; algún excel, para comprobar datos que no te cuadran, y estás convirtiendo a PDF alguna figura que has de adjuntar. Puede que hasta tengas un par de carpetas del servidor abiertas, para ir cogiendo archivos compartidos que necesitas.

Y viene una petardilla a pedirte que hagas algo (sea una tarea tonta, sea bastante compleja) y se planta detrás de tí, mirando tu pantalla, inmóvil hasta que le preguntas qué quiere. Y, en lugar de enviarte un correo, te empieza a explicar de viva voz una serie de instrucciones, rutas de acceso a carpetas, de dónde sacar información para escribir esto o corregir aquello. Incluso en un arranque de osadía, te coje el ratón y empieza a cerrarte carpetas para aclararse mejor. Le tienes que parar.

Espera. Cojo un papel y me lo repites, que no he entendido la mitad.

Pues te pide que minimices todo, y te va dictando una ruta (que has de seguir tal cual, pese a que quizá tengas accesos directos) y te va contando una serie de cosas que Has De Hacer Lo Antes Posible, aunque a tí te dijeron que lo haría ella. Y ya le puedes decir que estás trabajando en otra cosa, que no lo entiende.

Frases que no logran entender y les resbalan:
  • Espera, repítelo todo, que tengo la cabeza en otro tema y no te he entendido.
  • ¿Por qué no me mandas las explicaciones y la ruta en un mail, y así me lo miro en cuanto acabe esto?
  • Hoy no podré, déjame una nota para que no me olvide.
  • Estoy. Trabajando. En. Esto. Me lo miro cuando acabe, mañana por la tarde.
Pero por muy cerril que te pongas, más insistirá ella. Y te vendrá cada media hora con un papelito en la mano, para parecer ocupada, hasta lograr que la escuches y descubras que quiere que le hagas su trabajo. Por eso no quiere enviar un mail, y por eso te ha interrumpido el ritmo de trabajo 8 veces en una mañana.

Las trepas que van de mosquita muerta y las invasoras de intimidad laboral me sacan de quicio.